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Sobre la tragedia ajena

Resulta difícil opinar sobre eventos como el acontecido hace unos días en Estados Unidos porque se corre el riesgo de pasar por ignorante, desinformado y en el peor de los casos, de cínico.

Como siempre acontece con este tipo de masacres, la gente se vuelca a expresiones de desconcierto y estupor. Abundan los que se apresuran a ofrecer explicaciones o posibles motivaciones. Como era de esperarse, no han faltado las voces que de manera concluyente endilgan la culpa de lo sucedido a los videojuegos, la televisión; el cine, el materialismo y hasta a los rumores del fin del mundo. Es entendible. Satanizar es un ejercicio de proyección elemental en los seres humanos. Aún así, no deja de ser una ingenuidad atrevida. Teniendo en cuenta la naturaleza del evento y la tragedia que implica para quienes perdieron a un ser querido, sería prudente guardar un minuto de silencio, sino por la gente que murió, entonces al menos por nuestra propia dignidad. Por la dignidad de los muertos que producimos acá y que tampoco sabemos explicar.

Que la sociedad norteamericana es una sociedad enfermiza, carente de valores, víctimas de su propio invento y otros tantos juicios a la ligera. Me parece que desde acá, haríamos bien en no mostrar el tercermundismo y el resentimiento. Sobre todo cuando somos tan propensos a asimilar todo lo que dice “Made in China, Designed in the USA”. No hace falta, cuando nosotros como sociedad somos más bien livianos y dados a mirarnos el ombligo. Que los gringos lidien con sus problemáticas. Que algo o alguien los ilumine para ver si identifican un patrón. Que ellos resuelvan sus dudas, sus crisis de identidad y de valores. Que de una buena vez acepten, que si bien las armas no matan personas -el cliché preferido del movimiento a favor de las armas-, la interpretación de la Segunda Enmienda es de las cosas más aberrantes y vergonzosas que producen a diario. Pero sobre todo las cosas, que sean ellos los que velen y lloren a sus muertos, porque por acá, no tenemos velas en ese entierro.

En Colombia no tenemos Segunda Enmienda, pero cargamos sobre nuestras espaldas el peso de unas cuantas matanzas y de una historia salpicada por la violencia. Tanto así, que suele pasar desapercibida. Tanto así, que suele justificarse. Mas allá de la polarización mediática, aquí nadie ha dado aún una explicación concluyente sobre nuestra propensión a la violencia. Históricamente resulta difícil relacionarla con los videojuegos, la televisión, el cine, la comida, etc. Entonces, ¿de dónde viene y por qué la violencia que se produce acá, según parece, es más tolerable y genera menos consternación que la producida por un trastornado mental?

En los Estados Unidos fijo harán un documental o una película sobre los eventos ocurridos en la escuela de Newtown, Connecticut. La gente hará catarsis y uno que otro, le hará mantenimiento al arma que guarda debajo de la almohada para sentirse más seguro. Por acá, seguramente la gente seguirá escupiendo cosas como las que he escuchado por estos días: “Esos gringos de todo hacen un espectáculo”, “Por eso les pasa, lo que les pasa”, “Hacen del dolor un show”, “Ahí tienen, gringos de #*%@”, etc. Por acá seguiremos lidiando con nuestras tragedias. A nuestra manera supongo. Acá todavía no se pueden comprar armas en el Éxito, pero si tendemos a glorificar los eventos violentos de nuestra historia como si eso nos hiciera más berracos. No es casualidad la tendencia de canales y productoras de recuperar historias de capos y mafiosos. Hay un mercado para esos productos. Mientras tanto, vemos a diario las noticias que hablan sobre esposos que cegados por la ira y celos, acaban con familias enteras. O de gente que muere por no dejarse robar un celular. El tratamiento de este tipo de cosas en los medios, a veces raya en lo anecdótico. No he conocido el primer gringo que me diga “Ustedes son unos enfermos”  o “Por eso les pasa, lo que les pasa.”****

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